domingo, 19 de septiembre de 2010

Plaza del Castillo

Me siento a disfrutar del tibio sol norteño de este verano que se acaba mientras cierro los ojos detrás de las gafas de sol y noto cómo el suave aire que sopla me revuelve el pelo. Y pienso.

Es ese aire el que debo dejar entrar en cada habitación de mi vida, ese que es capaz de llevarse los últimos rumores y lágrimas porque ya no tienen fuerza, de derrumbar los últimos castillos porque ya son de arena. De hundir los últimos barcos porque ya son de papel. De hacer que se caigan las últimas vendas, que se apaguen las últimas velas. De pasar la última página y cerrar el libro, por fin.

Y ahora, que caiga la moneda que hemos lanzado al aire, a ese aire, porque sea cual sea el resultado, salga cara o cruz, habremos ganado la apuesta.

Tú y yo.

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